La primavera también puede ser fría

Por fin había finalizado el largo invierno dando paso a la hermosa primavera. Los deslumbrantes rayos de sol calentaban nuestra piel. Los campos estaban ya cargados de flores y los narcisos amarillos eran los favoritos de la abuela, rodeaban el gran sauce ubicado frente a la casa, los pequeños mamíferos comenzaron a salir de todas sus madrigueras y los insectos ya comenzaban a ser una gran molestia.

De pronto me levanté rápidamente de la fresca hierba y fue entonces cuando le grité, – “ ¡detente, no te vayas!, o ¿acaso no me estás escuchando?”. Él se detuvo por unos segundos al escuchar mis gritos, parecía que quisiese decir algo, pero simplemente el viento acarició nuestros rostros y quizás se llevó consigo sus palabras. El silencio fue lo único que quedó en medio de nosotros, y después de unos pocos segundos sin ni siquiera mirar hacia atrás continuó su camino.

El prado verde que se abría paso a través de sus huellas estaba bañado por los rayos de sol de aquella tarde, el aire tenía un olor característico a la cabaña de la abuela, aquella cabaña donde habíamos pasado el último verano. Era demasiado acogedora, con una vista capaz de hacerte sentir el dueño del mundo, su aroma a madera fresca y pino volvía loco a Ethan. Por mi parte simplemente era una cabaña más, para él, era un lugar inigualable.

Sin poder emitir ruido alguno vi su figura como se iba desvaneciendo a lo lejos del bosque, y cuando ya no logré distinguirla caí arrodillada en la hierba. El shock de aquella despedida me había dejado sin habla, sin llanto, sin nada. Después de unos minutos recobre el sentido, fue ahí donde mis lágrimas no lograron contenerse, lloré desconsoladamente mirando el horizonte hasta que cayó la noche.

La abuela preocupada por no ver mi regreso tuvo que pedirle ayuda a Gabriel el leñador del pueblo para que fuera a buscarme. Gabriel era apuesto, recuerdo que antes iba a verlo trabajar, observaba cada parte de su cuerpo mientras cortaba los troncos en dos para venderlos al mejor postor, sus brazos de grandes músculos tomaban el hacha con tanta facilidad, y su espalda descubierta al quitarse la camisa hacia que Rosita mi mejor amiga enloqueciera. Sus ojos grandes y sus largas pestañas hacían juego con su barba y cabello rojizo y su mirada podía hacer sonrojar a cualquiera. Si tan solo Rosita no se hubiera enamorado de él, quizás yo no estaría aquí sufriendo por Ethan.

Comenzaron a oírse aullidos cuando Gabriel me encontró tirada en la hierba, agobiada, asustada, y mirando al cielo, repitiendo una y otra vez – “Ethan, Ethan Ethan…” para ser verdad me tendí a morir, Gabriel sólo pensó que había enloquecido.

Diana Orejuela V.

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